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La vida como viaje - 3ª parte

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El problema en mi opinión que tiene el ser humano en la actualidad, es la dificultad para encontrar un sentido trascendente a su vida y que vaya más allá del esfuerzo intelectual o ético, pues no existen estímulos que le orienten en ese sentido. Aunque están las religiones tradicionales, pero las evidencias indican que éstas no motivan lo suficiente a quien desea una  claro de la evolución actual de nuestra sociedad, en relación con las expectativas que tiene para su propio futuro y el futuro de la humanidad en general.

La ausencia de paradigmas dignos de ser considerados como algo deseable y por lo que merezca la pena luchar.

Porque el ser humano, ya no contempla a si mismo como un ser ligado a lo infinito, aunque tampoco se siente incómodo en su finitud; en cierto modo, le supone una liberación de las formas rígidas de conducta moral de otros tiempos.Aunque esa liberación, no tranquiliza su inquietud cuando se hace consciente del hecho de su propia existencia.

 

La Nausea que describe Sartre, encuentra sanación en la inconsciencia colectiva, al mismo tiempo que el individuo deja de contemplar al conjunto de la humanidad como parte de su propio proyecto vital, compañeros de viaje en un proyecto eterno.

La finitud desliga al ser de la entidad colectiva compuesta por la totalidad de seres, pero también la consciencia de finitud crea una idea del hombre desligada de su nexo consciente con el propio universo, en la que el tiempo tal y como lo concebimos nosotros, un tiempo cronológico, medido y exacto, no existe.

Un no creyente en Dios, puede tener esa idea de finitud como una verdad aceptable, entonces las leyes de la naturaleza acaban siendo aceptables para él, incluso en el ámbito social, en donde el ser humano desarrolla su vida normal.

La idea permanencia de la consciencia más allá de la muerte, ligada una inteligencia creadora; a Dios, limita las posibilidades de que el ser humano se entregue o se conforme con las pautas naturales de conducta.

No me refiero a que haya de creer en Dios porque de ese modo se crea un orden social estable y mejor ordenado, sino que el individuo que abandona la consideración de Dios, contacta con su aspecto más involutivo y ligado a las fuerzas de la naturaleza y sus leyes.

Es decir, el deseo de poder, de dominación, y el deseo de obtener placer como objeto fundamental de la existencia.

Porque la naturaleza es sádica, establece sistemas de relación entre los individuos basados en la dominación y en la sumisión, y en el derecho a ejercer el poder si se posee la fuerza suficiente.

A esta característica de la naturaleza, se le opone la idea de Justicia que emana de Dios, el orden teológico es un orden justo.

Alguien me puede recordar que durante siglos, el cristianismo ha estado más ocupado en el poder político que en el desarrollo de la justicia de Dios en la Tierra, sin embargo, no tendría en cuenta que la exigencia de justicia permaneció secuestrada en los textos durante todo ese tiempo, en el que la institución cristiana que representaba al cristianismo en Europa, estuvo alejada de Dios.

La Iglesia Católica Romana, quiso y consiguió el monopolio de la fe en Europa, de modo que si tuvo todo el poder, justo es que cargue con toda la culpa.

En la medida en la que el cristianismo pierde poder real, gana en autenticidad.

La idea de la inmortalidad, de la eternidad, que está presente en el creyente en Dios, está más acorde con la realidad, porque no concibiendo el tiempo como un periodo entre dos momentos, está más cerca de la verdad en lo relacionado con las leyes de la física en relación con el tiempo.

No es concebible para un creyente, que Dios cree algo eterno, para introducir al ser humano como algo finito.

Necesariamente, el ser humano posee las mismas características que el resto del universo, es necesariamente eterno.

La libertad en la consciencia de finitud, vendría a ser la forma en la que el ser humano afronta su libre albedrío cuando considera que su experiencia vital acaba tras la muerte física, eso le conduce a construirse a si mismo al margen de la evolución o auto-construcciones del resto de seres que le rodean. Es decir, que el individuo no necesita “del otro” como reflejo de su desarrollo, no necesita la empatía con el resto de personas con las que convive y que también están involucradas en un proyecto existencial trascendente.

Un sentido de la existencia ligada a lo trascendente, conlleva la consideración del “otro”; es decir, de aquellos otros seres que comparten con nosotros la experiencia de vivir, desarrollando una existencia con sentido trascendente, de forma que la trascendencia de una persona, está ligada a la trascendencia del resto, como miembros de una comunidad de individuos que transcienden en dos niveles, individual y colectivo.

La dificultad está en la aceptación de que cada persona es un proyecto vital único, y que los individuos que componen el colectivo, no son un reflejo exacto de cada individuo, pues progresa y evoluciona a su ritmo y en su propia dirección.

Ese “otro”, que es cada uno del grupo; todos somos “otro” en relación a quien nos observa, no nos es útil en nuestro propio proceso trascendente, salvo en la forma en que responde a nuestra manera de relacionarnos con él. Es entonces cuando valoramos a través de nuestra interacción, si nuestro evolucionar personal va en la linea de trascendencia espiritual que anhelamos como creyentes.

La humanidad está compuesta por millones de entidades individuales, cultivar el “yo” es inútil, porque lo que nos une al resto de personas no es el “yo” individual ligado a la entidad, pues ninguno es coincidente con otro, lo que nos une a todos los seres humanos es la “esencia”, y ésta está ligada a Dios.

Pienso que la Fe es un producto de esa esencia, mientras que el “yo”; al que solemos llamar también “ego”, reside en la entidad, como un medio de competir en el mundo, de reafirmación competitiva frente “al otro”.

De ahí lo nefasto del ego, si de lo que se trata es de una trascendencia que nos acerque a la virtud espiritual.

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