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Adviento 2011

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Ayer leía, en uno de estos diarios gratuitos que nos hacen menos tedioso y tenso el viaje en Metro, que los obispos anglicanos criticaban los recortes sociales del Gobierno británico. Más tarde, de regreso en casa, busqué la noticia en Internet. Decía así: “Un grupo de 18 obispos anglicanos del Reino Unido, entre ellos el arzobispo de Canterbury, criticaron hoy los recortes del Gobierno británico en materia social "que pueden empujar a miles de niños a la pobreza", en una carta abierta publicada hoy por el periódico "The Guardian". Según estos obispos, la Iglesia “tiene la obligación moral de hablar por aquellos que no tienen voz". Días antes, el Arzobispo se mojaba y apoyaba la protesta de los “indignados” londinenses.

 

Yo animaría, tanto al uno como a los otros, a bajar a la plaza y sentarse con ellos. ¡Bravo por el Arzobispo y los demás obispos!

 

Pero aquí las cosas son diferentes; aquí la Iglesia (las iglesias) parece no estar muy por la labor excepto en contadas excepciones (o debería decir contada excepción) Aquí, inspiración y acción llegan y obran de otra manera, y mientras unos, al contrario que los obispos británicos, critican y satanizan a las miles de personas que protestamos por las condiciones sociales a la que banqueros y políticos sin escrúpulos nos han llevado y apoyan el cambio ofreciendo oraciones a los nuevos gobernantes y echan la culpa de la crisis al relativismo moral y otras prácticas “inmorales” llevadas a cabo por los anteriores gobernantes (que yo no digo que hayan sido unos ángeles, ni mucho menos) otros callan, como si con ellos no fuera. Tal vez, estos otros, piensen que lo que está ocurriendo es, ni más ni menos, una señal del regreso inminente de Jesús para terminar con la historia, porque está previsto así ya en el plan divino. Si esto es así, poco o nada podemos hacer.

 

Tampoco es necesario pedir responsabilidades a nadie puesto que nadie es responsable de nada; la historia es así, qué se le va a hacer.

 

Aquí cada uno está (estamos) más ocupado en hacer lo posible por no perder el sitio, aunque se le vea poquito; el caso es estar. Aquí nos duelen más otras cosas. Nos duele más “lo nuestro”, como me dijeron ayer tarde “tenemos que luchar por lo nuestro y no entrar en las luchas de este mundo conformándonos a sus criterios”. Y yo me pregunto ¿qué es lo nuestro? ¿A qué mundo tengo entonces que conformarme?

 

Hemos entrado en uno de los tiempos litúrgicos más especiales para mi, el Adviento, tiempo de deseos y esperanza, pero también de vigilancia; y vigilar supone estar pendientes, preparados, dispuestos. Exige responsabilidad, como la de las diez vírgenes que mantuvieron sus lámparas encendidas en espera de su señor. Es tiempo de anunciar libertad y liberación en base a la justicia, algo que nos prometió el Señor y que llegará en todo su esplendor y amplitud con la plenitud de su Reino. Adviento implica poner esos deseos y esperanza en el futuro que viene, pero sin apartarse del presente, porque es aquí donde estamos y hemos de hacer deseable y creíble ese Reino. Dios viene a levantar su tienda en medio de nosotros para compartir nuestras angustias, para sanar nuestras heridas, para librar a la humanidad de la injusticia y de la muerte a partir de los más desfavorecidos, de los que no tienen voz. Esto, lo veamos o no, nos incumbe directamente a nosotros, nos obliga a sacudirnos la pasividad y desechar el egoísmo individualista, a poner los pies en la tierra, ésta, la que tenemos, la que se nos ha confiado para nuestra realización como hombres y mujeres hechos a imagen y semejanza del Creador; esto nos obliga a reconocer a Cristo en el rostro del que sufre porque se quedó sin casa, sin trabajo, sin futuro y sin esperanzas.

 

Esto nos obliga también, como dice el Arzobispo de Canterbury, a ser la voz de aquellos a quienes se les ha secuestrado y actuar en consecuencia. Esto también es parte irrenunciable de la proclamación del Evangelio; participar del silencio es hacernos también cómplices de ésta maldad.

 

Os deseo un feliz Adviento. Rvdo. Juan Larios. Iglesia de la Esperanza.

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