Javier Ballaz - En ocasiones hablar de teología y espiritualidad supone encontrarnos ante una disyuntiva sobre la cual debemos de decidir. Seguramente la razón hunde sus raíces en el dualismo que cobró fuerza en la iglesia cristiana desde tiempos tempranos y que llevó a establecer una relación antagónica entre espíritu y materia, cuerpo y alma… conocimiento teórico y vivencia espiritual.
Sin embargo, es importante cobrar consciencia que dicho dualismo es ajeno al cristianismo del
Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento el hombre espiritual no es uno que se separa de lo corporal sino aquel que integra el conocimiento del evangelio a cada esfera de su ser y de su existencia.
Por tanto, desde la perspectiva bíblica, no se trata de escoger entre teología y espiritualidad sino de compaginar ambas. El creyente no ha de decidirse por estudiar o vivir en el Espíritu sino que, precisamente, “el papel más importante de la teología –citando a McGrath (1999)- es establecer un marco de referencia dentro del cual podamos ubicar la espiritualidad” (McGrath 1999,5)
Siempre los extremos nos colocan en una situación complicada. Una teorización desencarnada de la praxis fácilmente nos llevará a una vida cristiana imbuida en el mundo de los pensamientos y las ideas, cuando no –recogiendo el pensamiento de Parker (1995)- al orgullo y engreimiento.
Por otro lado, una espiritualidad que no reconozca la necesidad de un marco teórico bíblicamente adecuado, seguramente degenerará en alguna forma de espiritualismo alejada del verdadero propósito de Dios para la experiencia humana.
En consecuencia la relación entre teología y espiritualidad no puede ser la de un desencuentro sino –al contrario- una relación que considere la necesidad de edificar la vida cristiana en base a un mutuo enriquecimiento entre conocimiento y experiencia, teoría y praxis, mente y corazón, pensamiento y sentimiento…teología y espiritualidad.
¿Cómo llevar esto a la práctica? Creo que es una realidad que cada creyente nos vemos abocados, mayormente, hacia teoría o acción. Esto puede tener que ver con variadas razones experienciales, psicológicas o sociológicas que no es este el momento de considerar. No obstante tanto uno como otro deberán de esforzarse en obtener un equilibrio, cada uno en el área en la cual encuentra mayor dificultad.
El “teórico” debe de entender que todo intento de conocer a Dios y estudiar su Palabra no puede darse en un espacio aséptico a la aplicación y la espiritualidad; y que no es lo mismo conocer de Dios que conocerle a Él (Parker 1985) ¡Qué importante será para él llegar a entender y aceptar que la formación bíblica y teológica nunca pueden suponer un fin en sí mismo sino que han de constituirse en el medio para un encuentro transformador! (McGrath 1999)
Por su parte el “práctico” habrá de reconocer la necesidad de un marco teórico que guíe la experiencia y deberá de ser consciente de que las creencias –recogiendo la argumentación de Volf (2002)- conforman las prácticas. Es decir, lo que creo establece lo que hago; con lo cual, obviamente, lo adecuado de dicho marco teórico es fundamental. Dar rienda suelta a los sentimientos puede llevar a consecuencias difíciles –si no imposibles- de controlar.
Para terminar cabría pensar en la necesidad de que la comunidad eclesial establezca los dispositivos adecuados para que los creyentes encuentren en ella el espacio necesario para un desarrollo cristiano integral. Una vivencia comunitaria equilibrada generará una iglesia sana y comprometida.
Es responsabilidad de la iglesia hacer posible el encuentro requerido entre teología y espiritualidad.
Citas bibliográficas
- Isley, B. Panorámica y Temas. Introducción al curso TE601, ProMETA, -Costa Rica
- McGrath, A. Bases teológicas para la espiritualidad: Aspectos básicos” Oxford,
Blackwell,1999
- Parker, J.L. Conociendo a Dios. Oasis, Barcelona, 1995
- Volf, M. Teología para un estilo de vida” Grand Rapids, 2002






















