Javier Ballaz - (Algunas reflexiones sobre porqué el Espíritu hubiese querido revelarnos un poquito del final de los tiempos)
He de confesar que siempre me ha aburrido bastante la escatología, quizás porque la he visto tan complicada y difícil de entender que he desistido, definitivamente, de pretender conseguirlo. Sin embargo, lo cierto es que el Espíritu ha tenido a bien desvelarnos, aunque sea un poquito, algunas cosas sobre los acontecimientos de los últimos tiempos y cabe suponer que algo tendrán que decirnos para nuestra vida aquí y ahora, a este lado de la eternidad.
Mi propósito en esta pequeña reflexión es el de enfocar la escatología desde un ángulo –digamos- global; prescindiendo de tribulación, milenio, arrebatamiento… y tratando de centrarme en el significado estructural de todo ello; con el propósito, ya apuntado, de encontrar aplicaciones para el presente en aquello que pertenece al futuro pero que se nos asegura –a través del Espíritu, en la Palabra- que algún día sucederá.
La nueva creación como motivo central de la escatología bíblica
Quizás lo primero que hay que decir es que la Biblia no está interesada en fechas ni en argumentos crípticos a través de los cuáles descubrir mensajes secretos que nos desvelen alguna información novedosa sobre el fin de los tiempos y aledaños. De hecho el tema central de la escatología bíblica no es tanto el fin del mundo[1] y cómo o cuándo se llevará a cabo, sino la nueva creación. Es importante entender esto.
¿A qué me estoy refiriendo? ¿Qué es eso de la nueva creación? Es sencillo, el acento sobre los últimos tiempos está puesto en que, en algún momento de la historia, el mundo tal y como lo conocemos será transformado en otro nuevo, con otras características sustanciales. El apóstol Pedro lo expresa de la siguiente manera: “Pero, según su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia” (1Pedro 3:13)
Lo importante aquí, es entender que, no solo los creyentes, sino todo será hecho nuevo. “Todo” incluye la creación entera y “nuevo” significa una forma de existencia sujeta a otros parámetros totalmente distintos. El texto que hemos leído de 1 de Pedro nos habla de justicia, Apocalipsis 21:4 añade que “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, ya no habrá más muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” y la razón para que esto sea así, será –como podemos leer en el versículo 3 del mismo texto del Apocalipsis- que “He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos.”
Es decir, el mundo tal y como lo conocemos será transformado algún día para dar paso a otro nuevo o –quizás expresado con más exactitud- renovado. En ese nuevo estado ya no viviremos por la fe sino que Dios mismo habitará entre los hombres. Me gusta cómo expresa esta idea Juan Stam: “La comunión con Dios ya será intuitiva, directa, de ojo a ojo, de tú a tú. Veremos a Dios como Él es (1Juan 3:2) y conoceremos como somos conocidos (1Corintios 13:12). En este cuadro de la vida en plenitud, la dimensión horizontal se acopla con la vertical, sin dicotomía alguna.” (Stam,86)
Siguiendo el hilo de nuestra argumentación hasta aquí llegamos a una conclusión importante: la escatología bíblica es una escatología de descenso más que de ascenso. Me explico; normalmente pensamos en el final de los tiempos y en el estado eterno como una cuestión de ascender a los cielos pero eso no está tan claro en base a una interpretación libre de inferencias externas[2]. No se trata de que, en algún momento, partimos de este mundo hacia algún punto del espacio interestelar sino que, en algún momento, este mismo mundo será transformado. O sea, que estamos para quedarnos.
En este sentido, resultan aclaratorias las palabras de Juan en el Apocalipsis 21:1,2: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo.” Sí, hemos leído bien: “descendía”, es decir, la nueva Jerusalén[3] se asocia a este mundo transformado y lleno de la presencia de Dios, tal y como en un principio debió de existir hasta la irrupción del Pecado.
La escatología “de descenso” y sus implicaciones para el aquí y ahora
Así entendida la escatología –bien entendida, diría yo- encontramos que lo que Dios, el Espíritu, quiso revelarnos respecto al futuro contiene implicaciones para el presente que no tienen nada que ver con perdernos en cábalas, supuestas cronologías o malabarismos teológicos. Veamos algunas de ellas.
Ya que esperamos un nuevo estado que ha de producirse por transformación de lo que conocemos, la Iglesia – es decir, el conjunto de los que ya han sido transformados por el poder del Espíritu y han sido hechos nuevas criaturas- no ha de permanecer en un estado de espera pasiva sino, al contrario, ha de actuar como agente anticipador y “apresurador”[4] de lo que, en algún momento, alcanzará su desarrollo pleno. Entonces, no estamos llamados sólo a esperar el arrebatamiento o a llevar a cabo incursiones esporádicas en el mundo para salvar almas, sino a construir una comunidad que actúe a favor de un mundo –al estilo del que será algún día- más justo y con menos dolor de lo que, tristemente, viene siendo la experiencia humana a lo largo de la historia.
Esta implicación para la misión de la Iglesia sugiere evitar vivir una espiritualidad y una vida cristiana asociada al escapismo del mundo, como si éste fuese algo malo o de lo cual nos pudiéramos contaminar y del que, por tanto, debemos de huir. Muy al contrario, la visión de la escatología que estamos proponiendo nos apela, no solo a no escapar del mundo, sino a trabajar para transformarlo. Esta convicción ha de llevarnos a contemplar el objeto de nuestra misión con un corazón compasivo y con ojos atentos a todo aquello en lo cual podemos aportar la sal y la luz que poseemos como Pueblo de Dios que somos.
¿Cómo llevaremos a cabo esto? No es el propósito de esta reflexión hablar de métodos, cada comunidad eclesial tiene la responsabilidad de discernir en el Espíritu la manera de cumplir, lo más efectivamente posible, con su misión. Por lo que a mí respecta en el propósito de este ensayo, me conformo con que una visión de los últimos tiempos, tal y como la hemos expuesto, sea usada por Dios para fortalecer –y aun aumentar- nuestro compromiso con la construcción de un Reino más actual y más cercano de lo que -me temo- en ocasiones suponemos.
[1] Que, sin duda, sucederá, como se expresa de manera especialmente clara en 1Pedro 3:3-14. Sin embargo podemos comprobar que, tal y como venimos diciendo, el texto no está interesado en una cronología de los acontecimientos.
2 Aquí, sin duda, podemos hablar de influencias platónicas apegadas a la interpretación de la escatología bíblica.
3 La nueva Jerusalén, como es sabido, es una referencia al reino eterno de Dios. Podemos decir que es una referencia a lo que comúnmente nos referimos como “el cielo”
4 En 2 Pedro 3:12 el apóstol exhorta a los creyentes a mantenerse: “esperando y apresurando la venida del día de Dios
[4] En 2 Pedro 3:12 el apóstol exhorta a los creyentes a mantenerse: “esperando y apresurando la venida del día de Dios






















